La historia profesional de Ignacio Juárez de Figueroa Manzano se entiende mejor cuando se mira a la persona. A ese niño que descubrió su vocación en un paisaje recién regado, al ingeniero agrónomo que ha trabajado en tres continentes y al padre que ha transmitido a sus hijos el orgullo por una profesión que transforma el territorio y sostiene a su familia. En Navidad, cuando el COIAA vuelve a reunir a los más pequeños en su tradicional concurso de dibujo, su entrevista adquiere un significado especial: tres de sus hijos han ganado el certamen en cuatro ocasiones, una muestra de que la pasión por el sector agroalimentario también se hereda.
Su andadura en el sector agronómico
Ignacio recuerda con claridad el momento en que decidió ser ingeniero agrónomo. Tenía apenas catorce o quince años cuando, paseando con su padre por una finca cercana a Estepa, vio por primera vez una comunidad de regantes. El paisaje ondulado, los aspersores funcionando y la transformación del entorno le impactaron profundamente. Preguntó cómo se había construido aquello y su padre le habló de los ingenieros agrónomos que habían liderado el proyecto. Ese día, dice, supo que quería ser uno de ellos.
Su carrera profesional ha sido diversa y marcada por dos grandes caminos. Ha dirigido fincas, trabajado en actividades comerciales, nacionales e internacionales, gestionado una comunidad de regantes y, actualmente, coordina explotaciones de olivar en una empresa propia, además, de su desempeño en el ámbito de las energías renovables, donde participa en proyectos de enorme envergadura. Ha dirigido obras civiles, balsas de almacenamiento de agua, conducciones de agua y complejas infraestructuras asociadas a plantas termosolares. Esa experiencia le ha permitido trabajar en España, Estados Unidos y Sudáfrica, en proyectos multidisciplinares donde su formación encajaba de forma natural.
Ignacio reconoce que su formación, aunque muy teórica en su época, le dio algo esencial: capacidad para resolver problemas. Explica que un ingeniero agrónomo se enfrenta a situaciones muy diversas, desde cuestiones técnicas hasta retos administrativos, climáticos o de personal, y que la amplitud formativa permite encontrar alternativas y organizar soluciones. También subraya la responsabilidad medioambiental que acompaña a la profesión, porque trabajar en el medio natural exige rigor, cumplimiento normativo y sensibilidad hacia el entorno.
La familia ocupa un lugar central en su relato
No solo porque su profesión le permite sacar adelante a una familia numerosa, sino porque ha querido que sus hijos vivan de cerca lo que significa ser ingeniero agrónomo. Siempre que puede los lleva con él al campo en el ejercicio de su actividad profesional, para que entiendan qué hace su padre y cómo se trabaja en el territorio.
El concurso de dibujo del COIAA ha sido, para ellos, una puerta de entrada natural a ese mundo, y los premios obtenidos han reforzado ese vínculo. Ignacio confiesa que le haría mucha ilusión que alguno de ellos estudiara la carrera, porque considera que es una profesión muy actual, con tecnología, medio ambiente, datos y una enorme variedad de salidas profesionales.
Hoy Ignacio trabaja en proyectos por toda Andalucía, lo que le permite estar más cerca de casa y de sus hijos. Pero, cuando mira atrás, lo hace con la satisfacción de haber vivido una trayectoria profesional única que le ha abierto las puertas a conocer muchos países y que, además, le permite ampliar sus lazos de amistad por medio mundo.
Su historia refleja el espíritu del COIAA: una profesión que transforma el territorio, una familia que crece alrededor de ella y una comunidad que cree en los valores compartidos.